Cine y poesía
29-12-2016

Publicado por: Ángel Rupérez


No creo haber visto nunca una película que girara directamente en torno a la actividad de escribir poesía fuera de cualquier contexto cerrado y vinculado a la propia grey de los poetas, los únicos que leen poesía, más allá de los alumnos a los que se les puede intentar interesar por ese hecho literario y cultural tan prestigioso y, a la vez, tan socialmente insignificante. La única vía de escapar a esa maldición sería que realmente el público se interesara por esas pequeñas piezas de palabras que trasladan una intimidad de un modo que, si es logrado, conmueve profundamente. Sin embargo, todos sabemos que el público lector nunca lee poesía y es frecuente que los mejores poetas recientes españoles – ni siquiera en un máster de poesía (sé de lo que hablo) - sean en absoluto conocidos por ese público lector que, sin embargo, si será capaz de reconocer, aunque solo fuera de nombre, a tal o cual novelista, fuera cual fuera su rango artístico.

La tristeza crónica de los poetas procede precisamente de esa reclusión endogámica por donde ese imposible que corra el aire purificador de los lectores normales y corrientes que se acercan a comprar un libro porque les apetece leerlo y dedicarle una parte de su vida. Y, a su vez, en caso de que les guste, esos lectores podrán recomendar a sus amigos ese libro que les ha encantado con lo que el circuito de la lectura vivificadora podrá expandirse y llegar así a los oídos del escritor que, sin duda, se sentirá reconfortado por haber llegado a la intimidad de quien se ha interesado en su intimidad metamorfoseada en palabras. Nada de eso ocurrirá entre los poetas, cuyos únicos ecos serán los de los otros poetas, poco predispuestos a regalar elogios, precisamente por la escasez de parabienes que atesoran en su actividad endogámica. De la escasez rara vez procede la generosidad y de ahí eL impresionante cabreo que pulula en los medos poéticos con los afortunados que, si no tienen público, al menos sí tienen posición (otra cosa es averiguar cómo la han logrado, pero ese es un tema para una clase de sociología literaria, pero ya no tengo alumnos para tanto).

Pues bien, a pesar de eso asombra ver la última película de Jim Jarmush, titulada precisamente Paterson, en alusión al nombre del protagonista, un conductor de autobús, y a la ciudad en la vive, que fue la ciudad del poeta estadounidense William Carlos Williams, en torno al cual gira indirectamente la película. Es asombroso ver como el conductor escribe poemas buenísimos que nunca serán publicados. Escribe en casa o sobre el mismo volante, justo antes de empezar su jornada de trabajo. Son poemas sutiles, auténticos, pero sobre ellos pesa el peso del anonimato, incrementado por el hecho de que el conductor se mueve lejos de cualquier ambiente poético, el único que podría favorecer su difusión. Además, para empeorar las cosas, el perro del conductor destroza el cuaderno donde tenía escritos sus poemas a mano. La poesía queda hecha trizas por partida doble y solo permanece como eco en la mente del espectador, que se duele sin duda por esa desgracia. ¿Cuántos poetas estupendos habrá como el conductor del autobús de la película de Jarmush? En todo caso, la poesía sirve para dar cauce a experiencias de difícil acceso a otra clase de posibles expresiones humanas y esa es la lección de la película. Siempre queda abierta esa posibilidad que nadie puede censurar ni prohibir, y que puede ser grandiosa en su soledad absoluta. La película no se plantea el acceso a las redes, porque el poeta no quiere saber nada de ellas. Ni siquiera tiene móvil. Es un bicho raro, y tal vez por eso escribe poesía. Por cierto, ¿no fue un bicho raro absoluto Emily Dickinson? Pero en su caso tuvimos suerte: sus cuadernos no fueron destrozados por ningún perro y los poemas que había dentro fueron publicados por su hermana Lavinia. Puede que algún día aparezcan los poemas del conductor de la película de Jarmush que, por cierto, es una muy buena película.



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