Publicado por: Ángel Rupérez


Ángel Rupérez


Si Barcelona dejara de ser una ciudad española, la seguiría amando, como seguiría amando el Ampurdán y seguiría visitando la masía de Josep Pla en Palafrugell. Y seguiría pensando que Pla es un gran escritor catalán pero también español, sin que ninguna de esas dos adscripciones supusiera el más mínimo conflicto ni para él ni para mí. En el caso de que triunfara la independencia, seguiría visitando esa casa y esa región que él supo ver tan magistralmente y seguiría pensando que el arrebato político no había acabado con cierta esencia que perduraría durante mucho tiempo aún, hasta que se olvidara que un día ese escritor fue también español y esa región fue también española.

Igualmente seguiría amando Barcelona por encima de todo, muy por encima del desgarro que supondría la aceptación de una situación política que implicaría, con toda seguridad, no solo la rotura de vínculos ancestrales entre unos y otros, sino la implantación de un régimen de apartheid, donde los catalanes no independentistas con toda seguridad pagarían un precio por no serlo y por querer seguir siendo españoles.

A pesar de ese desgarro, yo pasearía por las calles de Barcelona

Pasearía por ella como lo he hecho siempre, sin contar con mi nacionalidad, como un ciudadano del mundo que se sumerge en el hechizo de sus calles y da cuenta de él a su intimidad, en cualquier recapitulación solitaria que se impusiera a lo largo del día, ya en el hotel o sentado en un banco viendo a la gente ir y venir, en el Paseo de Gracia o en la Rambla o en el Paseo de San Juan o en la Plaza Rovira e incluso en la Plaza Joanich, que no recuerdo si tiene bancos para sentarse (la última vez que estuve allí, no hace mucho, no me fijé en eso). como si nada hubiera cambiado pues lo esencial de esa ciudad no cambiaría con el nuevo régimen y el nuevo estatus político. Ni siquiera en una más que probable albanización de Cataluña, excluida de Europa, Barcelona dejaría de ser la ciudad que siempre ha sido, es y será para mí, más allá de que hubiera dejado de ser una ciudad española.

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O, un poco más lejos, volvería sobre la ciudad cuando, ya en mi casa, en Madrid, al albur de la memoria caprichosa, regresara alguna imagen que me obligara a pensar en el significado de esa experiencia de paseante solitario y decidiera que esa ciudad sigue siendo la que ha sido siempre, es y será, a pesar de los tristes avatares políticos más recientes: una ciudad de brillos enigmáticos fraguados en cualquier mirador del Ensanche, o de rumores sigilosos en cualquier calle del Barrio Gótico, o de silenciosas cadencias otoñales en cualquier plazuela del Barrio de Gracia o de olores casi soñados en cualquiera de las tiendas de la Travesera de Gracia.

Sería todo eso y mucho más, y no importaría nada su nacionalidad, ni la mía tampoco, aunque la nostalgia notara con dolor la sangre abierta por la herida, probablemente para siempre.


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