Publicado por: Ángel Rupérez


En una sala recoleta de Madrid –UNIR Teatro -, cerca de mi casa, en la calle Arapiles, asisto a la representación de una excelente función de teatro, obra de Mark St. Germain. La sala es pequeña y predispone, junto con la escenografía, a un ambiente cálido y casi hogareño, puesto que el salón parece la prolongación del mismo salón de mi casa que acabo de abandonar. En ese otro salón, dos actores – buenísimos ambos - representan un encuentro entre Sigmund Freud (Helio Pedregal), ya exiliado en Londres, y un escritor y profesor inglés, C.S.Lewis (Eleazar Ortiz). Muchos años les separan y también dos visiones del mundo muy diferentes, marcadas por el hecho decisivo que se dilucida en el drama: Freud es un ateo recalcitrante y Lewis es un creyente al que se le apareció la fe de la noche a la mañana, como a Pablo de Tarso. El contexto, además de la vejez enferma de Freud, con su terrible cáncer de boca produciéndole terribles dolores, es la 2ª Guerra Mundial, con los bombardeos de la aviación nazi cebándose con las ciudades inglesas, y señaladamente con Londres. A pesar de eso, la confortabilidad de la estancia es absoluta, lo cual provoca un contraste dramáticamente fructífero, que incluso avisa de la psicología de los dos personajes, más templado Freud, más descontrolado Lewis.

Me asombró descubrir que el mero diálogo de dos personajes me cautivara de tal modo que no notara en absoluto la duración de la representación, sino todo lo contrario. Creo que hubiera seguido oyéndoles hablar horas y horas, pues, a fin de cuentas, lo que la función representaba en sí misma era el diálogo como instrumento máximo de la comunicación humana. De esa interacción perfecta, hecha de numerosas tensiones, surgía el placer mismo e incluso de ella surgía una especie de nostalgia que a mí me hizo soñar en un diálogo semejante, pero en la vida real, aunque no supiera con qué amigo o amigos pudiera entablarlo. Sin querer, creo que pensé que yo había perdido hacía tiempo ese diálogo, de esa intensidad apasionada, y, sin darme cuenta, veía en los personajes sobre el escenario la posibilidad de recuperarlo. Insisto: ¿con qué amigo o amigos?

Entre tanto, Freud exhibe en la función su ateísmo con valentía, máxime teniendo en cuenta que sobrepasaba los ochenta y estaba fatalmente enfermo del cáncer que venía padeciendo desde hacía 16 años. La inminencia de la muerte no le apeó en absoluto de su descreencia, y a esa firmeza la llamo valentía, pues es sabido que cuando se aproxima el final la debilidad humana busca agarraderos para paliar los efectos demoledores de la Nada que llama a la puerta. Freud había calificado de delirio colectivo a las creencias religiosas, y es esa convicción la que espeta una y otra vez a un crédulo Lewis, quien, por su parte, hace alarde de su fe de un modo sumamente convincente, sin caer en los temibles martillos de los extremistas cristianos. Por el contrario, su creencia se tiñe de una civilidad contagiosa, perfecto contraste del ateísmo de Freud. La fe tiene sentido, la fe encarna una emoción asociada a la aventura de alguien que predicó el amor y la dignidad humana por encima de todo, viene a decir Lewis. Freud se distancia educadamente de ese credo del amor absoluto al prójimo, tal como había escrito en su portentoso y desolador El malestar de la cultura. Por el contario, reivindica el derecho a odiar al prójimo que se lo merezca, sumamente indignado ante el extremo irrealismo del credo de Jesús, del que se hace eco Lewis.

Ese tira y afloja se mantiene hasta el final, después de que Freud pase una de sus terribles crisis en el escenario, quitándose la prótesis que tenía en la boca, en medio de alaridos de dolor y una sangre que se intuye (fabulosa delicadeza de Tamzin Towsend, la directora de escena). Lewis asiste a la escena atónito e impotente. Los bombardeos acechan, la muerte acecha. Freud moriría pronto, después de que, a petición propia, su doctor le inyectara una potente dosis de morfina, y Lewis siguió escribiendo y algunos de sus libros llegaron a mis manos en los ochenta, incluso antes. Cuando termina la función, me cuesta desligarme de la atmósfera del escenario, de sus cálidas luces, del espíritu conversacional que ha triunfado en él. Y hasta de Londres me cuesta desligarme, como si hubiera vivido en él aquellos años, y me perteneciera aún y para siempre su fragilidad amenazada.