Publicado por: Ángel Rupérez


Cuando llega el otoño, llega el jazz a Madrid. Prácticamente, voy caminado a todos los sitios, siempre y cuando no hablemos de extrarradios. Pero incluso en ocasiones he llegado a meterme unas caminatas de abrigo, verdaderamente de alguien chiflado, fanático del caminar, y yo soy uno de esos. Pero el Teatro Fernando Fernán Gómez está al lado de mi casa y el Conde Duque también. Diez minutos andando, no más. Cojo la calle Santa Engracia, cojo Génova y me planto en el Fernán Gómez en un plisplás. O, si no, cojo la calle Eloy Gonzalo, cojo San Bernardo y, en otro plisplás, estoy en el Conde Duque. Fui a ver el otro día al saxofonista James Carter en el Fernán Gómez, muy intenso, muy virtuoso, con un swing de lujo, procedente de Chicago, lo cual despierta en mí inmediatamente resonancias literarias, como la de Saul Bellow, uno de mis novelistas favoritos, también de Chicago, a la que supo retratar a fondo casi como si se tratara en ocasiones de una ciudad de provincias, lo cual resulta un milagro. De allí procede James Carter, y parece que tiene en sus pulmones el viento de su ciudad natal que traslada su energía al escenario, por donde merodea absurdamente Saul Bellow, y todo porque se me cruzan los cables mientras escucho, pero no sé por qué sucede eso, porque no siempre sabemos por qué pasa lo que pasa por nuestra mente cuando menos lo esperamos. De Chicago también venía otro músico portentoso que escuché en Londres hace muchísimo tiempo, el original y apestado Anthony Braxton, esa clase de artistas que no encajan con lo establecido y que son relegados precisamente por eso.

Pero más resonancia para mí tuvo el concierto del trompetista Dave Douglas, neoyorquino, porque en su agrupación tocaba ¡Carla Bley!, y eso para mí significa ¡Londres!, 1978, invierno, un lujazo total en el ICA, Pall Mall…Uff, memoria, qué cohorte de sensaciones indescifrables. Recuerdo muy bien a la pianista con su agrupación de entonces, su sonido orquestal, con toques free, como siempre por aquellos años, pero sin perder de pista las armonías más clásicas de la gran orquesta tipo el celeste y sublime Duke Ellington.

En esta ocasión, su piano ha sido de una delicadeza extrema, de una depuración absoluta, un menos es más extraordinario, y eso que sus energías ya son las justas, debido a su edad. El resto de la agrupación tocó a lo grande, con un jazz moderno, muy versátil, como muchas modulaciones y registros, pero con un swing igualmente de abrigo, contagioso, gracias entre otras cosas al bajo de Steve Swallow, marido de Carla, y a la batería de Jim Doxas, moderno equilibrista de las percusiones. Steve Douglas, por su parte, sonaba a cansancio lírico, a soplidos de existencia arrebatada, a no sabría decir qué trompetista (a Miles Davis ni le nombro, porque eso equivale a decir Dios). En cuanto al saxo, Chet Doxas, una pasada de saxofonista joven, de una sonoridad impresionante, cálida, melódica, agradable, pero fiera a la vez, con agonías en el soplido tremendas, quizás tipo Coltrane.

Londres, Madrid (y aun Chicago): hermandad pura, tiempos puros unidos por el azar y la memoria, que tanto tejen a su aire, y tanta complicidad encuentra en ocasiones. Jazz en Madrid. Otoño en Madrid. Gracia en Madrid. ¿Qué más quieres, vida?