Publicado por: Ángel Rupérez


Crujen las almendras cuando las muerdes y hacen un ruido curioso que no es desagradable. Sigues ese crujido, en plan mindfulness, recreándote en la transmisión de mensajes que parecen destinados al cubo de la basura, y sigues a la almendra hasta el árbol, en plan fantasioso, en plan miniaventuras del sinsentido de la graciosa vida llena de sentido, donde te recibe sonriente, envuelta en su carcasa protectora, que aleja a los depredadores tipo pájaros cargados de fuerza en sus picos y hambrientos hasta la saciedad (perdónenme ellos esta trivial paradoja, u oxímoron, diría un periodista culto). Pelada, pero cubierta de su natural camisa color marrón para tirar por los surcos de Castilla, allá por noviembre o diciembre, o para sonsacar al monje de clausura una confidencia, cuando se asoma al mundo por los barrotes de su distancia, imposible de calibrar. ¿Qué habrá en esa mente? Las almendras no tienen mente pero tienen compostura y hasta sensualidad, sobre todo cuando, al crujir, dejan ver su sangre oculta, color blanco que se deshace como un recuerdo abordado cuando menos se lo espera, y delata su pasión oculta en las telarañas de la memoria, donde estaba bien cobijadito. Ese color blanco es pura carne del mundo vegetal, del que hablan delicias los nutricionistas, incluidos los más fundamentalistas, los que te arruinan el día al recordarte que una copa de vino es la antesala de la perdición cancerígena o del colapso cardiaco (lo oí ayer, no miento, está colgado en una web muy visitada del periódico El País). ¿Qué da más de sí la almendra? Hay poetas que se han acogido a ella, como Claudio Rodríguez, o José Ángel Valente, que títuló Almendra uno de sus libros, solo que en italiano (Mandorla, bien bonito el sonido por cierto). Claro, esta última almendra, en versión Valente, también es para comer pero de otra manera, con otros jugos, con otras pasiones. En este momento yo me quedo con la primera almendra, la mía, la de esta mañana, la de hace un minuto, la del crujido que siembra de crujiditos la masticación que se hace consciente de sí misma y se lo pasa en grande entregada a ese intercambio de cromos, tú me das ese amor indecible de la espera interminable en el árbol a prueba de ventoleras y aguaceros y yo de toy mi amor, igualmente indecible, puesto que reconozco que sin ti no soy nada la mayoría de las mañanas de mi vida, cuando me acerco a ti, te sonrío, me sonríes y me vuelves a dar tu amor, que tan a conciencia has fraguado en las interminables esperas silenciosas de la maduración.